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13 de junio de 2011

Un narcisista navarro sobrevive tres días en los Andes sin espejo

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Gúlliver Espronceda / Agencias - Cuzco

EL NARCISISTA NAVARRO Íñigo Iturbe Baena, de 34 años de edad, regresó ayer a su pueblo natal tras sobrevivir una semana sin su pequeño espejo de viaje. Según pudo saber este periódico, el utensilio se extravió al caer el neceser que lo contenía en una sima de 400 metros en la cara norte del Pucaranra. Iturbe Baena lo echó en falta cuando se disponía a mirarse en el momento de coronar la cima del peligroso cerro peruano.

“La cremallera estaba abierta y vimos que el neceser no estaba", dice su compañero de escalada, el esloveno Marc Pinioni, que lideró el complicado retorno al campo base. "En ese momento entendí que la situación era de una gravedad extrema”.

A las dos horas de emprender el descenso, el experimentado escalador y narcisista de cojones empezó a dar síntomas de insatisfacción que fue derivando a un estado de insufrible ñoñez.

Al llegar a la primera cordada, Iturbe y Pinioni decidieron que el esloveno fuera detrás para tenerle al tanto de su aspecto en todo momento. "Le decía, 'qué glúteos chaval, ánimo', pero la verdad es que no sirvió de mucho".

"Luego comprobé que respondía especialmente bien a los elogios sobre la calidad de su bronceado", declaró Pinioni a El Garrofer. Pero, a pesar de los esfuerzos de su compañero, a este carpintero metálico de Alsasua le atormentaba no poder comprobar por sí mismo cómo le quedaba la escarcha en su tupida barba.

El descenso se complicó aún más después de que Pinioni perdiera la voz a causa de la falta de oxígeno. "Pude mantenerle más o menos a flote haciendo comentarios sobre su expresión espartana y diciéndole cosas como, ‘enseguida te miras morenazo’", comentó el montañero balcánico.

Lo último que pudo decir Pinioni al navarro antes de perder la voz fue, "qué mentón, se nota que eres vasco".

Tras varias horas de silencioso descenso el humor del navarro se fue deteriorando progresivamente hasta el punto de comprometer la seguridad del dúo. Afortundamente, los dos compañeros de escalada se encontraron con un grupo internacional de narcisos que le dejaron su espejo durante media hora. “En la montaña hay un compañerismo brutal”, dice agradecido el tal Íñigo.