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13 de junio de 2011

OPINIÓN: Los toros deben continuar

novak-robert

Un rotundo «Sí» a los toros

por Egea José

HAY MUCHAS RAZONES para apoyar la Fiesta Nacional, amenazada actualmente por vegetarianos, feministas y alemanes, ajenos a la emoción primaria de este espectáculo de inequívoca plasticidad.

En primer lugar, las corridas de toros se remontan a hace más de dos mil años. Los toros dicen mucho sobre quiénes somos; de hecho, la piel del toro (parecida a la de la musaraña pero más grande) tiene la forma de la Península Ibérica.

En segundo lugar, ¿qué espectáculo, deportivo o no, proporciona la tensión dramática de los toros? Nada es comparable a ese escenario redondo de sol y sombra, donde ora se dice ¡olé!, ora se dice ¡fuera!, y donde la muerte de toro o torero está garantizada.

Vida y muerte, toro y torero, sol y sombra, ying y yang, dicotomía, “sadismo” entre paréntesis atenuado por la música de los pasodobles y el colorido de los inmaculados trajes de luces, que sólo la metódica destrucción del animal logra apagar con ese adobe tan taurino de arena y sangre. ¡Olé!

En cuanto al supuesto padecimiento de estos animales, hay que pensar que los toros se pasan la vida entera pastando en libertad, y que el dolor, si existiere, se limita al tiempo que se tarda en lidiar al animal. Si el diestro (torero) realmente lo es (diestro), el supuesto sufrimiento no debe extenderse en demasía, y en el peor de los casos queda el recurso del descabello, tampoco desprovisto de primaria emoción.

Los aficionados al toro somos un grupo de gente compacto definido por nuestro argot. Sin él, el español perdería una parte importante de su patrimonio léxico, como toro, puro, almohadilla y fohareño, por mencionar unas pocas.

Pero mil palabras no resumen la imagen del bajorrelieve genital que adorna el muslo del torero: esa noble y viril entraña vertical constituida por el testículo derecho, el izquierdo y el fálico pene, ceñidos en su conjunto bajo el elástico pantalocente mientras avanza con tientorro hacia el cornamen del toraco.

Ningún otro deporte o espectáculo proporciona la emoción del toreo, donde rara es la ocasión en que no hay que lamentar un revolcón o una cogida; yo personalmente prefiero lamentar estas últimas, ya que proporcionan escenas de auténtico dramatismo, e incluso de tragedia, sólo comparables a un accidente de carretera en vivo.